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| Época Romana: Escenas de la vida cotidiana |
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Mostraremos como eran nuestros antepasados de esta provincia romana de Hispania Citerior, una vez que fue plenamente romanizada. Realmente la Pax Romana impuso una gran homogeneidad a todo el Imperio. |
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Los hombres hispanorromanos
La túnica era la prenda básica de los hombres hispanorromanos. Muchas mostraban franjas coloreadas (clavus) que bajaban desde el hombro e indicaban la importancia del portador (púrpura, el emperador, senadores y magistrados, . Se cosían dos piezas rectangulares de tejido de lana, unidas en los hombros . Solían llegar hasta las rodillas. Los más pudientes las llevaban más largas y se ajustaba a la cintura con un ceñidor. En general no se ajustaban las mangas. Muchas tenían el color de la lana cruda, sin teñir. Se podían llevar más de una, si el tiempo era frío.
Los niños
Las mujeres hispanorromanas
El calzado
Tiendas y mercados Había tiendas hasta en las más pequeñas ciudades a lo largo de calles o en un lateral de una plaza. Un sitio habitual era en el foro. Solían tener un mostrador abierto hacia la calle y se cerraban por la noche con persianas o puertas de madera. Usualmente era la mujer o los hijos del comerciante quienes vendían mientras el hombre se ocupaba en la trastienda de la fabricación o preparación. Excepto bebidas, envases y cerámica, el resto de productos solía ser de las cercanías. De esta época nos ha llegado la famosa balanza, llamada romana. En la época de mayor prosperidad, al inicio de la época imperial, se podía comprar muchas cosas: carne, hortalizas, fruta, pescado seco, zapatos, cuchillos, cuerda, vino, pan e incluso había hornos públicos. Cada tienda solía anunciar en la pared su especialidad, no su nombre, con letras rojas (como se hace en Ciudad Rodrigo hasta hoy) Curiosamente, eran los hombres (libres o esclavos) los encargados de comprar. Las mujeres (especialmente las ricas) raramente compraban, exceptuando ropas, cosméticos y adornos. Fueron muy importantes para la mujer de la sociedad romana. En los mercados se vendían cremas, perfumes y ungüentos, en frasquitos de cerámica, alabastro o cristal, los más lujosos. Ya usaban carmín para resaltar los labios y lo obtenían de un líquen ocre (ficus) o de ciertos moluscos. Los ojos los perfilaban con una mezcla de hollín y polvo de antimonio, que también servia para marcar las cejas. Para el rostro mezclaban lanolina de lana de oveja sin desengrasar. Todo esto hizo que en el tocador femenino fuera indispensable el espejo, no de cristal si no de metal bruñido, pinzas, platillos para mezclas, etc... El problema es que algunos componentes metálicos de los maquillajes causaban irritaciones y problemas cutáneos.
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