Época Romana: Guerras celtibéricas  (siglo  II a.C.)
 

 

La guerra de guerrillas

Viriato fue un caudillo lusitano que mantuvo en jaque durante 15 años a los ejércitos romanos del Sur de la Península.

La táctica seguida por Viriato y por los celtíberos fue la guerra de guerrillas, que consistía en rehuir el combate en campo abierto con los romanos (donde éstos teóricamente eran superiores) y dedicarse a pequeñas incursiones y golpes de mano en los cuales causar el mayor daño posible al enemigo sin arriesgar más que un pequeño grupo de hombres propios.

Durante largos años estas tácticas consiguieron contener la invasión romana.  Le dieron el nombre de topomaquia, pues usa fundamentalmente el conocimiento del terreno para preparar las escaramuzas


 


Numancia fuerza la paz con Metelo

El cónsul romano Metelo, en el 142 a. de C. asoló nuestra zona. 

Los arévacos, que habían abandonado sus campos para concentrarse en Numancia y Termancia. Ya se ha dicho que ambas ciudades eran bastante extensas y podían contener dentro de sus muros una gran población. 

Ruinas del castro de Numancia

Metelo no tenía un gran ejército con el que sostener un prolongado asedio. Además, la dureza del invierno soriano le aconsejó una prudente retirada hacia la zona del Mediterráneo. 


 


 

Fracaso de Quinto Pompeyo

Al año siguiente, un nuevo cónsul, Quinto Pompeyo, recién llegado de Roma con gran deseo de conseguir fama y riquezas, se lanzó al asalto de ambas ciudades arévacas. Fracasó ante ambas (debido a que estaban bien fortificadas y defendidas cada una por unos 8.000 combatientes, frente a unos 12.000 romanos y aliados).

Pompeyo invernó precariamente (sin alimentos y alejado de sus bases mediterráneas) cerca de Numancia. Tras un duro invierno, en el que las privaciones y enfermedades diezmaron su ejército, Pompeyo acordó una precaria paz con los arévacos en 140 a. de C. y se retiró de la zona.


 


 

Humillación de Roma y su cónsul Mancino

El nuevo cónsul romano Mancino rompió esta corta paz. En el 137 a. de C reunió un ejército de 20.000 hombres y marchó contra Numancia, que en ese momento solamente contaba con unos 4.000 combatientes (el resto había decidido volver a sus lugares de origen).

Intentó un asedio incompleto, sin rodear la ciudad y sufrió una serie de reveses en combates con los numantinos a las afueras de la ciudad, lo que llevó la desmoralización al ejército romano. Además, los rumores de la inminente llegada de refuerzos vacceos y cántabros en ayuda de los numantinos, hizo cundir el pánico entre los romanos, que apresuradamente levantaron su campamento e intentaron la retirada.

Los numantinos les persiguieron y cortaron el paso. En vez de forzar un combate para romper el cerco, Mancino, tan desmoralizado como su ejército, prefirió rendirse ante los numantinos. Unos 18.000 soldados romanos, rendidos ante 4.000 guerreros numantinos. Los historiadores romanos de la época recuerdan el episodio como uno de los momentos más vergonzosos para sus ejércitos.

Numancia, con gran prudencia, en vez de aniquilar al ejército romano, prefirió firmar la paz que le ofreció un asustado Mancino, y permitió al cónsul y los restos de sus legiones retirarse al Mediterráneo. El Senado romano no aceptó la paz firmada por Mancino, considerándola vergonzosa e inaceptable. Incluso ordenó que Mancino fuera entregado a los de Numancia, considerándole culpable de tan lamentable derrota. Mancino, atado de pies y manos, fue ofrecido a las puertas de Numancia.  Los numantinos, prefirieron devolver al romano, sano y salvo, con los suyos.


 


Asedio de Escipión el Africano

Para acabar de una vez con la guerra ante los celtíberos, Roma envió a su mejor militar, Escipión el Africano, vencedor de los cartagineses en 146 a. de C.. Este desembarcó en Tarraco (Tarragona) en el 135 a. de C., con unos 5.000 hombres, reorganizó el maltrecho ejército de Mancino (unos 20.000 hombres) y consiguió reclutar unos 35.000 combatientes ibéricos más. Con todo, contaba con un ejército de cerca de 60.000 soldados.

Dedicó bastante tiempo a un severo entrenamiento de las tropas. Obligó a todos los combatientes, incluidas las tropas de caballería, a largas marchas a pie, cargados con toda su impedimenta, dejando los carros para el transporte de víveres y equipos pesados. Prohibió la presencia de prostitutas y el alcohol en los campamentos. En adelante, todos los soldados, incluido el propio Escipión, dormirían sobre sacos de paja, en vez de hamacas y camas de campaña. Así consiguió un ejército numeroso, bien adiestrado y endurecido, con el que afrontar la campaña contra los arévacos.

A pesar de la desproporción de fuerzas (un combatiente numantino por cada 15 combatientes romanos) desechó el asalto directo y prefirió un bloqueo. En el año 134 a de C., Escipión salió de Tarraco, remontó el valle del Ebro hasta Pancorvo, donde pasó hacia Bibriesca y Burgos. En septiembre de 134 llegó a Pallentia (Palencia), la ciudad vaccea más importante, donde se aprovisionó de grano para el asedio de Numancia, que se anunciaba largo y duro. Desde allí se dirigió hacia el Este. En Coca ocupó la ciudad y pactó con los vacceos que éstos renunciaran a ayudar de ninguna manera a los arévacos (los vacceos aceptaron debido a la amenaza de un ejército romano tan numeroso). Escipión, tras destruir todas las poblaciones que encontró a su paso, llegó a las inmediaciones de Numancia en octubre de 134 a. de C. En ese momento, Numancia solamente contaba con unos 4.000 combatientes y no podía esperar ninguna ayuda exterior (Termancia también fue asediada).

Con gran rapidez, el ejército romano construyó un muro que rodeó completamente la ciudad. Este muro era una empalizada de madera, con un foso delante de ella. Cada 30 metros construyó torres de dos alturas. En la parte alta colocó a soldados para repeler posibles ataques, y en la parte de abajo situó catapultas para atacar la ciudad. Repartidos regularmente por todo el perímetro construyó 7 campamentos donde se alojaban las tropas. Incluso para evitar dejar paso en los ríos, construyó pontones que enlazaban los tramos de empalizada. Continuamente, la mitad del ejército romano estaba situado en la empalizada, mientras la otra mitad estaba en los campamentos, siempre dispuesta a salir rápidamente ante cualquier intento de los asediados de atacar la empalizada. El propio Escipión recorría todos los días y todas las noches el perímetro de la empalizada para evitar el más mínimo relajamiento de sus propios soldados.


 


 

Caída de Numancia

El cerco se dejó sentir dentro de Numancia. Todos los intentos de romperlo fueron rechazados por los romanos. Igualmente, no se pudo hacer llegar ayuda exterior a los sitiados. Por su parte, los romanos no intentaron ningún ataque directo a la ciudad. En la primavera de 133 a. de C. la situación dentro de los muros de Numancia empezó a ser desesperada. Los intentos numantinos de llegar a un acuerdo más o menos honroso con Escipión toparon siempre con la exigencia de éste de una rendición incondicional. Tal escasez de alimentos había que los numantinos empezaron por comerse todos los animales, incluidos los caballos. Después debieron comer las pieles y cuero que servían de vestido. Incluso, sacrificaron a las personas enfermas y ancianas (para reducir el número de bocas a alimentar). En verano, la situación era insostenible. La mayoría de los habitantes de Numancia optaron por el suicidio antes de la rendición. Cuando Escipión entró en la ciudad, no encontró más que muerte y desolación. Apenas pudo capturar unos pocos supervivientes famélicos y ninguna riqueza. El botín solamente llegó para 7 denarios por soldado (una cantidad ridícula teniendo en cuenta el esfuerzo bélico empleado). A los cautivos los vendió como esclavos y ordenó arrasar la ciudad.


 


Dominio del Alto Duero

Roma afianzó su dominio en el valle del Duero, pero la zona arévaca quedó prácticamente deshabitada debido a las pérdidas humanas por tantos años de guerra despiadada. Aún hubo algunos brotes de rebeldía en la zona debido a que los romanos establecieron castella y ciudadelas en la zona, obligando a los arévacos a mantenerlas mediante el cobro de pesados tributos. Esta exigencia, y la tradicional belicosidad arévaca hizo que volvieran los conflictos, esta vez con Termancia como capital. La situación de continuas revueltas siguió hasta que el cónsul Didio, en 98 a. de C., derrotó a los arévacos de Termancia y tomó la ciudad (que caía por primera vez en manos romanas). Didio obligó a los arévacos a abandonar la poderosa ciudadela y construir una nueva ciudad en el llano. Los romanos ocuparon la ciudadela de Tiermes, que fortificaron con nuevas murallas. La caída de Termancia señala el fin de la belicosidad arévaca y el principio de la romanización de la zona.